Cómo equipar a una tropa con (algo de) sustentabilidad

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Los implementos outdoor mejoran la experiencia al aire libre. Con estos trucos no sólo ahorrarás, sino que además contaminarás menos sin transar calidad.

INGENIO

Con bolsas amarradas a sus zapatillas. Así fue el primer trekking de nuestro hijo mayor en el Parque Nacional Huerquehue un invierno mil años atrás. Intenté comprarle unos bototos, pero me parecieron tan pesados, mal hechos y caros que no me convencí. El pobre se mojó igual, pero yo me sentí muy ingeniosa.

No es ridículo esmerarse en buscar buen equipo para niños. Ropa, accesorios, sacos de dormir: todo ello facilitará la excursión, aportará comodidad y satisfacción y, sin duda, mejorará la experiencia de un paseo al aire libre. Y cuando se trata de niños es incluso más importante el punto.

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Niños aperrados y contentos. La clave está en encontrar un equilibrio entre el esfuerzo que hay que poner, por un lado, y también el confort, de tal modo que los niños quieran repetir la experiencia. Foto: Ignacia Rojas.

 

UNA DOSIS DE ESFUERZO

Pero, acaso, ¿no les hace bien “aperrar” a los niños? Sí, claro: ya estarán veraneando con sus papás, sin sus amigos, perdidos en el bosque, comiendo tallarines, caminando muchísimo, aguantando coliguachos y jugando con unos palos… eso ya es bastante. Personalmente, me gusta buscar un sano equilibrio entre el esfuerzo, la austeridad y el placer; intento no forzar demasiado a los niños. Yo prefiero facilitarles la vida con el equipamiento y la comida rica. Eso hará que quieran volver y repetir la experiencia.

Hace 15 años, en Chile no existía prácticamente el equipamiento outdoor para niños. Luego aparecieron las marcas profesionales con alternativas muy buenas, pero poco accesibles. Entonces empezamos con la primera estrategia para intentar equiparnos sin irnos a la quiebra. Con los años, sumamos varias lecciones más que podría ser útil compartir.

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Los pisos plegables que aparecen en la foto los rescaté de la basura de la casa de mis abuelos. Eran los que ellos usaban cuando salían a acampar, tres generaciones atrás. Los arreglé y los usamos hasta que ya no pudieron resistir más. Foto: Ignacia Rojas.

 

 

  • Comprar marcas buenas en outlet y pensando en el futuro: no es entretenido pasar horas vitrineando en galpones outdoor, pero es una inversión de tiempo que vale la pena. Se accede a productos excelentes a buen precio. La clave es llegar con una lista muy clara en la cabeza del inventario de la familia para poder comprar con anticipación.
  • Aprovechar las liquidaciones: porque cuando ya lo necesitas y estás encima de la temporada seguro terminarás pagando más. Todo se planifica al ritmo de las liquidaciones, de las épocas de descuento. Se vive al revés de las temporadas, pero más feliz.
  • Aprender de marcas: cuáles acomodan más y cuáles son mejores en qué ítem especialista ahorra tiempo y malos ratos. Después de unos años sabrás exactamente dónde buscar los zapatos y dónde los calcetines (no, no es en el mismo lugar).

 

  • ¿Y las marcas más sencillas, menos técnicas? Son tentadoras porque los precios son bajísimos. Pero creo que hay que irse con cuidado: a veces, un precio bajo es sinónimo de “desechable”. No sólo contamina mucho, sino que además da trabajo estar comprando cada vez lo mismo para cada hijo. Hay objetos de buena calidad a precios convenientes y hay que aprender a identificarlos porque ayudan a equiparse sin tanto gasto.
  • La herencia encadenada: el color siempre neutral, el modelo también. Es más fácil hacer a una niñita usar ropa de hombre porque la estética y el calce son más amplios. Me demoré, pero ya logré armar una cadena de herencia con los impermeables, los zapatos de escalada y los bototos de trekking (que duran tan poquito). ¡Es un placer gastar sólo una vez y vestir a cuatro!
  • Mantención del equipo: el zapatero no sólo arregla zapatos, sino también cierres, broches, costuras duras. Hay que tener uno amigo cerca de la casa, que sea fácil de incorporar en la circulación rutinaria. Así se salvan zapatos, mochilas, sacos de dormir. El spray impermeable, la grasa de caballo y un buen costurero en la casa también alargan la vida de objetos regalones. Hay tantas ideas de upcycling en internet; es un vicio para los que gustan de las manualidades.

 

  • Resucitar antes de comprar: una amiga quería renovar sus sacos de dormir. “Con lo que están costando habría que tomar un crédito hipotecario para una familia de seis”, pensé yo. Mi solución casera hace un par de años fue comprar tela de polar y llevarla a mi amiga costurera y diseñamos juntas un saco interior con velcros. No es respirable, no regula bien la temperatura, pero abriga y hemos alargado la vida de los sacos al menos 4 años. La solución más adecuada es una frazada interior de tela especial que cumpla la misma función de aumentar el abrigo de un saco de dormir. Los venden en tiendas especializadas.
  • Comprar usado: antes, en Chile los trajes de esquí que se encontraban eran solo los de segunda mano. Un recuerdo clásico de mi infancia era la compra de una jardinera de esquí cada invierno en los mercados de ropa usada. Hasta hace poco, el forro impermeable de pantalón para niños chicos sólo se encontraba en tiendas de segunda mano. Siguen siendo una opción muy barata, entretenida y sustentable para equiparse.
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El portabebé que aparece en la foto lo compró ya usado mi hermana en Suiza a un precio ridículo. Nosotros lo seguimos carreteando (con 4 niños). Finalmente, lo regalamos a una familia de inmigrantes que esperaba su primera guagua. Foto: Ignacia Rojas.

 

 

  • Regalar, vender: que siga en uso es lo más importante, sobre todo si está en buen estado. ¡Yo disfruto tanto regalar lo que desocupa mi hija menor! Siento que estoy regalando una futura aventura a esos niños. Si, además, logramos hacer llegar esas cosas a familias con presupuesto ajustado, que no tienen posibilidad de acceder a ellas comprando, es aún mejor.
  • Por último: el orden. Es clave. Cajas, closets, Excel, lo que sea necesario para no perder el pulso del inventario.

Parece mucho trabajo, pero reutilizar, comprar cosas de buena calidad a un precio razonable y darle uso largo al equipo es muy satisfactorio. Recuerdo en mi infancia ir acompañando a mi abuelo a poner el parche sobre el parche del parche del bote inflable. Había más botes a la venta, mejores, y el podía pagarlo. Pero ahí nos pasábamos la tarde inflando y revisando fugas. Le gustaba. Vale la pena intentarlo. Da placer y de a poco se incorpora el hábito hasta volverlo un modo de vida.

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Mi abuelo, Julio Philippi, pescando en su eterno bote parchado. No sólo se le iba el aire, además le entraba agua. Era todo un rito salir de pesca con él. Foto: Ignacia Rojas.

   

 


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