Eclipse y escalofríos

Nuestro país fue epicentro de un fenómeno astronómico que cautivó a todo Chile, incluyendo a nuestros montañistas y escaladores. He aquí el testimonio de uno de ellos.

Max Didier, atleta Mammut de 28 años, supo del eclipse por la prensa e inmediatamente sintió una fuerte curiosidad por verlo en su máximo esplendor. Y, desde luego, también aprovechó de escalar. Por eso, viajó con Benjamín Azócar a la Región de Coquimbo el viernes 28 de junio y se fue directo hacia los bloques de granito costero de la Zona Golden. «Ese día se sentía todo un poco extraño», confiesa Max. «Sin malestar, pero con sensaciones de cansancio y lentitud».


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Llegada la tarde del día martes 2 de julio, Max y su amigo subieron una pequeña colina con tal de obtener una vista más panorámica. «Recuerdo sentir mi cuerpo tiritando durante el ascenso y tenía la respiración pesada, a pesar de estar a nivel del mar», relata Max.

En ese momento comenzó el espectáculo. El ambiente, al comenzar el eclipse de sol, cambió drásticamente: aparecieron colores naranjos y violeta en el horizonte, las sombras lucían difusas y distorsionadas y, de pronto, la temperatura descendió varios grados. «Yo no podía parar de tiritar«, recuerda Max.

Cuando el eclipse fue total, el escalador miró hacia el sol (siempre con sus gafas de protección puestas) y le pareció ver un aro de luz alrededor de la luna «similar a un ojo de animal», el cual parecía estar observando desde las alturas. Y entonces sobrevino la oscuridad más inquietante. «Me invadió una gran sensación de angustia. Me sentí tan diminuto e insignificante que en ese momento me largué a llorar». Una atmósfera de asombro y suspenso. Personas congeladas por el estupor, incapaces de expresar tan sólo una palabra. Aves desconcertadas revoloteando nerviosas por los aires. Y más arriba, en lo alto, los astros realizando su danza.

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Luego del eclipse Max se sintió extraño. «Sentía un cansancio generalizado. Bajamos casi sin energías». De hecho, al llegar al auto, él y su amigo se echaron a dormir una siesta. El deportista concluye: «Finalmente, para mí fue una experiencia llena de energías inexplicables y sensaciones muy fuertes que nunca había experimentado. Definitivamente, fue un suceso impactante para nosotros y marcó un antes y un después en nuestras vidas«

 

Por Francisca Sofía Hernández Busse (30 años). Doctora en Filosofía por la Pontificia Universidad Católica de Chile y docente del Centro de Extensión UC. Investigadora y escritora. Montañista y Community Manager del Club Alemán Andino (DAV). Correctora de estilo de las Revistas Escalando y Endémico. Casada y madre de 3 hijos.

Agradecimiento especial a Max Didier. 

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