Rumbo al volcán Sierra Nevada en esquí de travesía

Daniel Sandoval, guía de turismo aventura y colaborador de Andesgear, nos cuenta su reciente aventura en el Parque Nacional Conguillío, el que siempre ofrece grandes paisajes y donde aún queda algo de invierno.

CONTEXTO

Hay lugares que te aparecen en sueños y éste lo defino como tal. El volcán Sierra Nevada (2.554 m) es un estrato volcán ubicado en la IX región de la Araucanía de Chile. Lo encontramos en el Parque Nacional Conguillío («piñones en el agua» en mapudungún), rodeado por bosques milenarios, lagunas, un silencio absoluto y su volcán vecino, el Llaima (3.125 m). Juntos revolucionan la estadía de cualquier amante de la naturaleza.

En esta ocasión, un grupo compuesto por Paz Baeza, Luis Labra, Francisco Letelier y quien habla (todos guías de turismo aventura de la UFRO Pucón) se propuso alcanzar la cima del Sierra Nevada.

Según nuestra planificación llegaríamos el día jueves 10 de octubre a eso de las 20:00 horas al parque para dormir tranquilamente y partir con los primeros rayos de luz el día viernes en dirección a la cumbre sur. Debido a unos percances en nuestro viaje es que llegamos en camioneta a Conquillío a eso de las 1:00 AM del día viernes, lo que nos obligó a cambiar nuestra hora de partida. Fue al inicio del sendero “Sierra Nevada” donde montamos nuestro campamento. Como visitantes y guías de turismo somos conscientes y aplicamos las técnicas de mínimo impacto de la escuela NOLS cada vez que nos desenvolvemos en ambientes naturales.

LA APROXIMACIÓN

Con unos mates energizantes iniciamos la jornada a las 8:00 AM. Colocamos los esquís en nuestras mochilas, ya que debíamos portearlos hasta encontrar nieve para poder iniciar la caminata en «modo rando» (usando pieles anti-deslizantes). El comienzo del sendero es muy tranquilo, a paso moderado y constante. Así, con bastante peso nos introdujimos en la aventura.

A lo lejos se podía apreciar el objetivo del día, la Sierra Nevada. Pasados unos 45 minutos, hallamos manchones de nieve en el estrecho sendero con restos de ramas y vegetación, lo que nos revela lo poco transitado que es en estas fechas. ¡Por fin! Tras una hora y media el bosque se abrió y para nuestra suerte había bastante nieve, lo que nos permitió hacer una parada, nos hidratamos, comimos algo, pusimos las pieles, nos calzamos las botas y nos montamos en los esquíes… ¡a randonear!

Entre gigantes milenarios, como la araucaria araucana (o «pehuén» en mapudungún), coihues (Nothofagus Dombeyi) y lengas (Nothofagus Pumilio) continuamos bordeando el cerro. Tras una hora nos montamos en un filo en dirección al último mirador que tiene el sendero Sierra Nevada. Hasta este punto es un sendero de dificultad baja-moderada, lo que lo convierte una actividad para toda la familia. Nos regalamos unos minutos de contemplación en este lugar con una panorámica increíble del volcán Llaima, la laguna Conguillío, la Sierra Nevada y el bosque de araucarias que dominaba todo nuestro alrededor. Sin duda, se trata de una vista que hace mantenerte en el momento presente.

 EL ASCENSO

De aquí en adelante comenzaba el terreno de montaña propiamente tal. Desde el filo del mirador analizamos nuestra ruta con la ayuda de la cartografía de montaña Andes Profundo. Con ella pudimos ubicar nuestro punto, identificar el desnivel, distancia y tiempo estimado faltante, es decir, pudimos orientarnos para poder continuar nuestra aventura. A lo lejos divisamos la cumbre de la Sierra Nevada y el largo camino que nos quedaba por recorrer. Al identificar la ruta por donde debíamos ir, nos desplazamos por cerca de dos horas por pendientes suaves y moderadas para poder montarnos sobre el siguiente filo. La nieve primavera nos acompañaba bastante bien y gracias a los esquíes pudimos avanzar sin enterrarnos. El día con nubosidad alta y la suave brisa nos mantuvieron frescos en todo momento. Luego de dos horas, decidimos parar un momento a comer y evaluar las condiciones (humanas y del terreno). La presencia de nieve dura y el hecho de no contar con crampones (o cuchillas) para esquí nos hizo tomar la rápida decisión de colocar crampones (en bota), sacar piolet y poner esquíes en la mochila para enfrentar este tramo, que por este medio nos llevó cerca de 30 minutos superarlo. ¡Así ganamos bastante terreno! Luego divisamos la cumbre ya muy cerca, a una hora a paso tranquilo según nuestras predicciones, ya que nos encontrábamos sobre los 2.000 m de altitud.

Entonces nos dimos un descanso junto a una gran roca. Si bien este volcán presenta un glaciar con grietas, no las presenciamos del todo debido a que la abundante nieve las mantenía tapadas y sin mayor riesgo para nuestra seguridad. En medio de nuestra conversación, justo por sobre nuestra cabezas, un gran cóndor (Vultur Gryphus) nos daba la bienvenida. En Chile lo podemos encontrar a lo largo de la Cordillera de los Andes y  puede alcanzar hasta los 3 metros de envergadura. ¡Una maravilla!

La ruta se volvió bastante lógica en este punto, pudiendo ver la cumbre en todo momento de aquí en adelante. También destacan las tremendas vistas hacia el volcán Tolhuaca y hacia el norte, el volcán Lonquimay, cuyas cumbres se tapaban a ratos producto de la nubosidad. Minutos después, las nubes amenazantes se posaron sobre nuestro objetivo. Paz, Francisco y yo decidimos dejar los esquíes a unos metros de la cumbre, mientras que Luis, con su experiencia, siguió con las tablas en la mochila para poder esquiar desde el punto mal alto. Una observación: si dejas tus esquíes en cierto punto es muy importante que marques un waypoint o punto en tu GPS, en caso de llevar uno. Pues, si se llega a nublar mientras vas sin tus esquíes no sería gracioso perderlos debido a la poca visibilidad.

Rumbo al Sierra Nevada 5

CUMBRE Y ¡CHUM! PA´BAJO

Luego de otros minutos caminando con crampones nos encontrábamos ya a tan sólo unos metros de la cima. Siempre juntos comenzamos a atacar el último filo… Y entonces pudimos exclamar: ¡CUMBRE! Foto de cumbre, abrazos, risas y contemplación fue la tónica en este punto, siempre recordando que estábamos a la mitad de nuestro camino, ya que aún nos quedaba llegar sanos y salvos a nuestro campamento. 

Rumbo al Sierra Nevada 8

Y entonces siguió la parte entretenida: ¡esquiar! Luis, con su pericia, lideró en las líneas de bajada. Previo a comenzar el descenso, chequeamos nuestro ARVA o DVA (dispositivo de víctimas de avalancha) y trazamos nuestro plan: siempre mantener contacto visual esquiando por la misma ruta uno por uno y definiendo comunicación mediante señas para partir la esquiada de los miembros de la cordada. De esta forma, esquiamos de manera segura en terreno de montaña.

De bajada, la nieve estaba pesada, muy húmeda y más profunda a medida que descendíamos, lo que nos obligó a mantener una postura firme. A veces sentía que las piernas me quemaban. Sin embargo, con el escenario que teníamos, esa molestia pasaba a un segundo plano. Al llegar de vuelta al mirador donde comenzaba el terreno de montaña fue que nos reunimos e hicimos una parada larga, nos alimentamos y compartimos sensaciones de la bajada con vistas privilegiadas. Unos minutos de silencio nos envolvieron espontáneamente…  Agradecimiento por estar en aquel instante fue el factor común que sentimos.

CIERRE

Pero aún nos queda esquiar por el bosque. Disfrutamos los giros entre araucarias y esquivamos uno que otro coligue. Estos últimos, a medida que aparecen, pueden jugar una mala pasada, ya que a veces forman arcos en la nieve, de tal forma que si calculas mal y metes un esquí entre ellos, puede resultar muy peligroso. Sea como fuere, esquiamos hasta que la vegetación se hizo muy abundante y uno que otro porrazo nos hizo decidir sacarnos los esquíes y colocarlos nuevamente en la mochila. A tan solo metros encontramos el sendero para comenzar a retornar a nuestro campamento. Las risas y conversaciones se tomaron este tramo, por lo que se nos hizo muy corto de vuelta. En 1 hora estábamos de regreso en la camioneta, sin ningún incidente, todos en una pieza. La seguridad personal y del equipo siempre fue nuestra prioridad. Contentos compartimos una comida despidiéndonos del parque.

Contemplar el camino recorrido, saber que se ha logrado el objetivo y ver tantas sonrisas en cada uno de los compañeros es impagable.


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