Volver a casa: un viaje en bici hacia el paso Aguas Negras

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Nati Bainotti cruzó a Argentina en bicicleta por el Paso Aguas Negras. ¡Conoce su historia!

Salgo de Santiago en dirección norte: le había prometido a mi familia, especialmente a mi abuela, que volvería a Argentina con ellos. Mientras termino de alistar la bici siento una ráfaga conocida: el miedo de volver a la ruta, el mismo miedo que cinco años antes me paralizaba y casi me echa atrás, hoy me da energía: me hace feliz, todavía, sentirlo, porque ese miedo me muestra que un nuevo viaje implica un nuevo desafío. Esta vez, ese desafío tiene nombre propio: el paso Agua Negras, que me llevará a pedalear hasta los 4.800 m por primera vez.

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Atardecer en Olmué. Foto: Nati Bainotti.

 

INICIA LA TRAVESÍA

Hace calor y la sucesión de inconvenientes de ese día podría servir de presagio: resbalo dos veces y se cae la bici, pincho, y se suelta la parrilla. Levanto la bici, parcho la rueda, sujeto la parrilla con sunchos, sigo pedaleando y llego a Tiltil. Esa noche duermo en casa de los bomberos.

Al día siguiente pedaleo hacia Olmué. El camino es en subida, hay viento en contra y la bici hace ruido. La cadena se sale una y otra vez, hasta que termina entre los rayos y los piñones. La acomodo y, dos pedaleadas después, vuelve a salirse. En ese momento, además, pienso que debería sentir enojo o decepción, pero no hay nada y me sorprendo: tal vez voy entendiendo que no me puedo enojar por lo que no puedo controlar.

En Olmué me quedo cinco días haciendo un voluntariado: desmalezo, hago carteles sobre el uso medicinal de las plantas que hay en el jardín, preparo camas en la huerta, riego las plantas, lleno ecoladrillos. Dejo de lado el celular, no hay wifi y, a veces, eso es un regalo. También los hay de otro tipo: todos los días, a las siete de la tarde, subimos a la terraza a ver el atardecer. Es como un ritual: el silencio, las montañas, el sol.

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¡El sol pega fuerte todo el día! Foto: Nati Bainotti.

 

ENCUENTROS ANGELICALES

Unos días después, sigo. La bici, a pesar de haberle arreglado la pata de cambio durante mis días en Olmué, hace ruido. Junto ciruelas y tunas en el camino. Me desvío unos kilómetros para evitar la autopista, freno a merendar bajo un árbol y la señora de la casa de enfrente me conversa. Duermo en El Melón en el patio de una casa y María, la señora, me escribe cada día del resto del viaje para saber cómo estoy. Subo cuestas y en una, debido a la inclinación de entre el 11% y el 18%, rompo mi récord: demoro dos horas para hacer cuatro kilómetros. También me siento feliz y me recuerdo que el único ritmo que debo seguir es el que yo sienta posible. Ese día, también, es un día largo: paso diez horas en la ruta, hasta llegar a Pedegua.

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Plantaciones en los alrededores de Pedegua. Foto: Nati Bainotti.

 

Los días suceden; junto damascos, un señor me frena en la ruta para preguntarme si me gustan los limones, me hace pasar a su campo y me regala varios. Tengo que decirle que no puedo cargar tantos. Siguen las subidas y las bajadas. Duermo en los bomberos, acampo detrás de un hotel. Paro a pedir agua, descanso y converso con la señora: me cuenta que me cruzó el día anterior en la ruta y se quedó pensando un rato largo si viajaría sola, dónde dormiría. Me convida damascos. Se corta el cable del freno delantero en una bajada, hago dedo para llegar al siguiente pueblo, Illapel. Cambio el cable pero la rueda resbala: no frena. Necesito cambiar las pastillas del freno y el señor de la tienda de repuestos me las regala.

Usted es un ángel-, le digo. Entonces me muestra su cédula de identidad y responde:

-Ese es mi nombre.

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Subidas y aridez. Foto: Nati Bainotti.

 

MÁS CERCA DEL PASO

En Illapel duermo en casa de una familia: a Mario lo conocí en la tienda cuando pasó a ajustar el asiento de su bici y luego volvió a comprar un repuesto porque había pinchado. Creo profundamente en las sincronicidades, pero nunca dejan de emocionarme. En su casa me quedo un día a descansar y siento que era lo que necesitaba.

Desde Illapel pedaleo 14 kilómetros y hago dedo para avanzar: tuve demasiados imprevistos, el tiempo corre en el calendario y para el tramo que muero de ganas de hacer, la ruta Antakari y, especialmente, el paso Aguas Negras, todavía me queda bastante camino. Decido “ahorrarme” casi 200km e ir a Ovalle directamente. Llego tarde en la noche y me reciben los bomberos. Me quedo hasta tarde hablando con uno de ellos: le digo que siento que todo lo lindo que me está pasando en este viaje es como una recompensa a otro viaje en el que sufrí mucho. Lloro mientras le cuento y en sus ojos siento compañía.

Al día siguiente salgo renovada. A media tarde veo el cartel tan esperado: “Bienvenido a la Ruta de las Estrellas – Circuito Antakari – Camino de las estrellas”. Apenas más allá veo un señor en la galería de su casa y paro a pedirle agua. Cuando le digo que soy argentina llama a la esposa: ella también lo es, de la provincia de Salta. Me preguntan dónde voy a dormir, y la señora se apena porque tiene invitados que están por llegar y van a ocupar la otra habitación. Lo poco que tienen de patio tiene escombros y arena, pero llama a un vecino para que los ayude: palea la arena y mi carpa entra justo. Tomamos mates, hablamos del viaje, de su historia, de Argentina, de la parcela que acaban de comprar y mañana me van a llevar a conocer. Esa noche me duermo pensando en la variedad del viaje: cada mañana, al salir, el día es un mapa en blanco.

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Paisajes de la ruta Antakari. Foto: Nati Bianotti.

 

Al día siguiente pedaleo hasta Samo Alto y acampo en el patio de la casa de una chica que me cruzo en la ruta: ella salió a pedalear y yo estoy sacando fotos. Ese día, también, se corta la cadena y decido dejarla fija. Ese sería mi último día de pedaleo completo, por nueve kilómetros luego de dejar el pueblo, la cadena se vuelve a cortar. Estoy a unos trece kilómetros de Hurtado, y una camioneta me carga y me deja en la comisaría, Llego a las cuatro de la tarde, me preguntan si almorcé y me convidan arroz y tomate. Al día siguiente, me ayudan a conseguir un vehículo para ir hasta Vicuña, y el matrimonio al que me encomiendan me invita a pasar la noche con ellos: es Noche Buena y ellos van a pasar la fiesta con su familia.

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Atardecer en la ruta Antakari. Foto: Nati Bainotti.

 

¡LA VIDA ES BELLA!

Anoto en mi diario: “Siento que el viaje es lo que tiene que ser, aunque no tenga nada que ver con lo que planeé”. Desde Vicuña sigo a dedo y así hago el paso: miro las montañas y los parches de nieve y los lugares donde hubiera acampado a través de la ventanilla de un auto. Estoy con una familia colombiana que está viajando hasta Buenos Aires, escuchamos música y me caen lágrimas: era la última muestra de que tal vez este viaje no se trataba tanto de pedalear sino de resignificar recuerdos, mostrarme la abundancia del mundo y llenarme del cariño de la gente.

 

INFO ÚTIL PARA QUE TÚ TAMBIÉN LO HAGAS

  • De Santiago al Paso Aguas Negras, por la ruta mencionada, son aprox. 780 km. La dificultad en media-alta. Una buena opción es convertir el viaje en un circuito y volver a Santiago por el paso Libertadores, con un total de 1.400 km.
  • El paso Aguas Negras abre solo de diciembre a abril. Chequear las fechas exactas al momento de realizarlo en http://www.pasosfronterizos.gov.cl/
  • Hay muchos kilómetros sin lugares de abastecimiento para el agua del día, por lo que es necesario cargar al menos 3 litros.
  • La sequedad del ambiente hace que no transpiremos y que no sintamos sed, por lo que es importante recordar que debemos tomar agua cada media hora de todas formas.
  • El sol es fuerte todo el día, especialmente de 10:00 AM a 4:00 pm. Lo ideal es salir temprano (8:00 AM) para hacer un descanso al mediodía

 

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He aquí, dibujada en naranja, la ruta que siguió Nati Bainotti para cruzar a Argentina desde Santiago en bicicleta.


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